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By Elisabeth Badinter

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Pp. 16-17. 47. Verdier-Herutin, Disco/1rS slIr I'al/aitelllt'nt. pp. 50-53. dad de esa etapa de la vida. A comienzos del siglo XIX la medicina infantil sigue abandonada a las mujeres, que según él «confían más en las fantasías de la alquimia 48 que en nuestras modestas prescrip­ ciones». SU AUSENCIA EN LA LITERATURA El sitio que ocupa el niño en la literatura hasta la primera mitad del siglo XVIII es la tercera señal de su insignificancia. En términos generales, «allí se lo considera un objeto fastidioso, en todo caso indigno de atención.

Citado por R. P. Dainville: «todo lo que se refiere a la educación de los niños, al sentimiento natural. le parece bajo al pueblo». Lo mismo sucede en las clases acomodadas: «de acuerdo con nuestras costumbres ni el padre ni la madre crían ya a sus hijos. no los ven. no los alimen­ tan. Ya no nos enternece su vista, son objetos que se sustraen a las miradas. y una mujer que demostrara preocuparse por ellos faltaría a la elegancia». Corroboran­ do esto, Turgot confía en su carta a Madame de Grafigny en 1751: «nos avergonza­ mos de nuestros hijos».

En otras parroquias asiste uno de los dos, a veces la madre y otras el padre 9. Son muchos los casos en que los padres se enteran muy tardíamente de la muerte de los hijos a cargo de nodrizas. Preciso es decir que no hacen grandes esfuerzos por mantenerse al tanto del estado de salud del niño. La última prueba de esta indiferencia nos es suministrada por el fenómeno inverso: manifestar dolor por la muerte de un hijo es una conducta que el contorno registra siempre como si fuera curiosa. Lebrun 10 observa que la pena de Henri Campion ante la muer­ te de su hija de cuatro años, ocurrida en 1653, es tan excepcional que él mismo experimenta la necesidad de explicarla: «A quienes me digan que un apego tan vivo se excusa en el caso de personas formadas pero no en el caso de niños, les respondo que mi hija tenía indiscutiblemente muchas más perfecciones de las que se 4.

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